No tenemos por qué sufrir (tanto). Tampoco en tiempos de coronavirus.

Sabemos por qué.

No tenemos por qué sufrir y, aun así, lo hacemos. Y, si es posible, lo hacemos en grupo. En masa. Así, por un momento, la sensación de estar solos se disuelve en un grupo de compañeros de sufrimiento. Eso justifica nuestro sufrimiento. A los demás les pasa lo mismo. Entonces no puede ser de otra manera: el sufrimiento está legitimado. Los argumentos son claros y evidentes. Sabemos por qué sufrimos. O eso creemos. El sufrimiento nos asalta. La causa puede estar en cualquier parte, en personas y en situaciones. Nos gusta señalarla con el dedo y, según las circunstancias, cerramos el puño o traspasamos los límites del comportamiento decoroso para liberarnos del dolor.

El aniversario de las medidas contra el coronavirus, que empezaron el año pasado en marzo, me hace detenerme un momento en el sufrimiento en general y en el sufrimiento que las familias atraviesan ahora. Estar gravemente enfermo y ver partir a tus seres queridos son situaciones vitales dolorosas. Perder tus ingresos no es ninguna broma. No hay ninguna razón para negarlo.

Como si ya fuera Pascua.

Los efectos psicológicos y emocionales de las medidas que viven jóvenes y mayores se salen, como suele decirse, de madre. Las alarmas suenan con tanta frecuencia que parecen campanas de Pascua. Falta ayuda. ¿Cómo que falta ayuda? Depende de cómo lo mires. Por los caminos establecidos quizá la oferta de ayuda no sea suficiente, pero también hay otras vías. ¿Criticadas por los caminos establecidos? ¿Menos conocidas? ¿Menos aprovechadas? ¿Menos queridas? Pero, eso sí, eficaces.

Los granos estropean las apariencias.

Los granos del agotamiento, la depresión, el burnout, la violencia, el abuso y las tendencias suicidas existen desde hace mucho. Hasta ahora aún podíamos esconderlos tras las apariencias y las pastillas, pero la presión punzante de las pequeñas espículas del virus es implacable. Los granos tienen que reventar. El pus tiene que salir. Las heridas tienen que limpiarse. Las personas tienen que sanar para poder vivir. Vivir de verdad. Vivir con alma.


La técnica del miedo

El miedo es un temible aliado de las medidas. El miedo es tan antiguo como los siglos. Los libros de historia están llenos de relatos en los que el miedo arrasa civilizaciones y lleva a grandes grupos de personas a la esclavitud física y emocional, las extermina o hace que las enfermedades las diezmen. Muchos de nosotros tenemos un botoncito del miedo que basta con señalar para que se active. Esta técnica se ha utilizado mucho durante el último año. Y con éxito, aunque, por suerte, no con todo el mundo.


Una gama de botones nuevos

Cada vez que nos atrevemos a mirar y a dar un paso más allá de la línea del miedo, encontramos algo completamente distinto. Al principio nos corta la respiración, porque no estamos acostumbrados a cruzar esa línea. Después aparece una gama de botones que están prácticamente nuevos porque no los usamos lo suficiente. Se abre un nuevo paisaje vital, con posibilidades que nos elevan y nos dan un nuevo impulso. Descubrimos cómo aprovechar nuestra autoestima y nuestra confianza en nosotros mismos, cómo poner nuestra consciencia al servicio de comprensiones y acciones que nos hacen sentir mejor. Aprendemos a percibir y a pensar desde nosotros mismos, de modo que podemos distinguir por nuestra cuenta la verdad de la mentira sin que nadie nos la dicte. Los granos se convierten en granitos hasta que, como después de la pubertad, vuelven a dar paso a una piel lisa. Te sientes sanada, más fuerte, capaz de afrontar lo que venga. Un nuevo ánimo vital te lleva consigo. Te das cuenta de que lo que ha ocurrido este último año no ocurre porque sí. Hay una intención detrás. Ya no necesitas creerlo porque alguien te lo diga. Todas tus células lo cantan.

El virus habla su propio idioma.

Cuando el verano pasado tuvimos por un tiempo algo más de libertad y pude continuar mi formación anual para facilitadores de constelaciones familiares, tenía curiosidad por saber qué efectos había tenido el primer confinamiento en mis alumnos. Me gusta dejarme guiar por lo que me dicta la intuición, así que les pedí que expresaran en palabras clave cómo lo habían vivido. En el rotafolio apareció toda una retahíla de vivencias. La mayoría daban testimonio de una experiencia positiva. Un número menor se refería a los efectos menos favorables. Como facilitadora de constelaciones sistémicas, decidí hacer con esos datos una constelación* sobre el virus.


El tercer ojo de la humanidad

Cada uno de mis alumnos representaba un sentimiento elegido de la lista, que llevaban a la constelación como ciudadanos. Elegimos un representante para el virus y a algunas personas para los responsables políticos. Todos estaban algo dispersos. El virus se situó en el borde y miraba al frente, por encima del círculo. Era grande, lleno de energía y poderoso. Los ciudadanos con una actitud parecida se fueron acercando suavemente unos a otros. Mostraban poco o ningún interés por el virus. Los responsables políticos, en cambio, se colocaron delante del virus y hacían todo lo posible por captar su mirada. Cuanto más se acercaban y más se esforzaban, con más facilidad miraba el virus por encima de ellos hacia la lejanía, hacia el espacio abierto, hacia la naturaleza, con la mirada puesta en el sol, que ese día brillaba radiante. El virus no mostraba ningún interés por los intentos de los políticos. «Tengo otro objetivo. Estoy aquí para abrir el tercer ojo de la humanidad». Como grupo, nos quedamos impresionados. Su alcance nos llevó al silencio. El mensaje caló. Encajaba a la perfección.


La consciencia en movimiento

Si miramos a nuestro alrededor, vemos por todas partes señales de un tercer ojo que se abre. Personas que recurren a su creatividad y ponen en marcha nuevas iniciativas, el redescubrimiento de la naturaleza, el movimiento al aire libre, el gran valor del contacto social sentido, la distinción entre lo que es importante y lo que no, preguntas y voces críticas, sopesar qué es verdad y qué no lo es, grupos de todo el mundo que se unen por un mundo que proteja lo esencial. La consciencia desciende y llega al corazón. Así resulta más fácil vivir y actuar desde la confianza en uno mismo y el amor por el mundo.


La teoría puesta a prueba en la realidad

Desde marzo del año pasado lo tenía claro. En ese momento no era vulnerable al bichito del coronavirus. Y así resultó ser. Y entonces, de repente, la energía cambió. Sentí que tenía que ir con cuidado, aunque antes también lo había tenido. Es una ventaja saber leer el mensaje de tu cuerpo y sentir de antemano que va a pasar algo. La sorpresa es qué será exactamente. Al principio aún esperaba que fuera una simple infección respiratoria, que conozco bien. Pero las náuseas y el dolor de cabeza no solían formar parte de ella. Pasaba algo más.
Entonces llegó el veredicto. La variante británica. «Siempre me ha gustado mucho Inglaterra», se me pasó por la cabeza en ese momento. Ahora soy un numerito en las estadísticas que oyes cada día en los medios. Hasta vino a visitarme una rastreadora de contactos. Y encima, fumadora. Como persona sin formación médica, me pareció una combinación extraña. Mis vías respiratorias reaccionaron enseguida. «Sí, será porque fumo». ¿Perdona?


El tercer ojo del individuo

Dormir: no me cansaba de hacerlo. De día y de noche. ¿Quizá necesitaba un descanso absoluto y el virus había venido a echarme una mano? No tenía ningún interés en comer ni en beber. Al cabo de un tiempo tenía que sujetarme las costillas para protegerme de la tos. Estaba enferma, más que algunos y menos que otros. Recordé el objetivo del virus y decidí observar bien mi proceso de enfermedad. Cuando enfermas, solo hay una cosa que puedes hacer. Abrazar la enfermedad. Permitirla. Eso es lo que hice. Confiar en mi cuerpo y en mi sistema inmunitario. Cuidarme bien recurriendo a mi capacidad de autosanación. Utilizar mi tercer ojo para ver qué trabajo energético interior podía hacer mientras descansaba.


Abrir puertas

Para mí, la enfermedad es el cierre de una etapa que ya no necesitas, para que pueda llegar una nueva. Mi osteópata reaccionó con asombro. «¿Cómo es posible? En los demás pacientes que han pasado la covid-19, el sistema energético se ha desplomado, y en ti ha recuperado toda su fuerza». ¿Tendría algo que ver el uso de mi tercer ojo? Para mí, sí. Siento una capacidad de acción renovada, una sensación de ahora o nunca, la necesidad de levantarme y brillar, el deseo de abrir los brazos y conocer a gente nueva, el deseo de abrir puertas y recorrer caminos desconocidos, el deseo de ser visible y ser acogida.
¿Habrá venido el bichito del covid a susurrarme algo así? «Levántate y ve, ama y difunde luz para crear un mundo consciente». ¿Podría ser? ¿Tú qué opinas?

Consciencia y sanación de grupo.

Para permitir la sanación, tenemos que salir de nuestras creencias. Más de lo mismo no nos hace escapar. Es un proceso de entrega para llegar a conocer nuestro mundo interior. Es ahí donde se encuentra nuestra mina de oro. Liberarnos cada día de nuestros bloqueos debería ser tan natural como lavarnos los dientes. Si echamos un momento la vista atrás, al cabo de un tiempo vemos la distancia que hemos recorrido en nuestro crecimiento. Paso a paso, volvemos a estar enteros. Sanar juntos, como grupo, y aun así conservar tu individualidad es todavía más potente. La consciencia de grupo será cada vez más importante. Darnos cuenta de que, desde dentro, podemos devolver el equilibrio allí donde se ha roto y crear nuevas situaciones favorables porque nos hemos quitado el lastre de encima. Y todo ello con un bonito trabajo de sanación. Lo necesitamos. Hombres y mujeres, jóvenes y mayores. Juntos marcamos una diferencia sanadora en el mundo.

Aquí encontrarás el enlace a las sanaciones grupales y las fechas. También puedes leer cómo otras personas han vivido la sanación grupal.

Hilde Van Bulck
Conferenciante — Escritora
Asesora sistémica para escuelas y empresas — Coach de consciencia
AMI Activadora — Motivadora — Inspiradora

  • ¿Qué es una constelación? Es un método de trabajo en el que puedes colocar en un espacio, cada uno mirando en una dirección determinada, distintos elementos relacionados con una problemática concreta. La constelación aclara lo que antes no se podía comprender.
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