Al mercado un martes por la mañana Con las pilas cargadas de alegría

Desde hace unos dos meses he decidido cambiar la manera en que hago la compra. Estoy harta de llenar media bolsa de basura con envoltorios de plástico innecesarios después de ir a comprar, de que la fruta y la verdura sean cada vez más aguadas, de que el apio blanco dé menos zumo, de que las flores que compro ya agachen la cabeza el mismo día, de que el sabor de cualquier comida no tenga nada que ver con los sabores con los que me crie y de que la cuenta se estire hacia arriba cada semana, aunque me ciña a mi lista de la compra, cosa que suelo hacer. Y aunque en el supermercado el personal es profesionalmente amable y correcto, había algo que echaba de menos.

Desde hace dos meses, el martes por la mañana tiene una cita fija en mi agenda: «ir al mercado». Una costumbre muy antigua que he recuperado. Con unas cuantas bolsas de la compra en la mano, recorro el mercado y voy tachando mi lista. La verdura, la fruta, la carne, el pescado y las flores tienen mucho mejor aspecto. También saben mejor. Y, sobre todo, me dan más ganas de probarlos. Menos las flores, claro. Me llaman con alegría «guapa» y me despiden con entusiasmo hasta la próxima vez. El trato al cliente se nota, y me hacen sentir que me conocen y saben lo que busco. En todos los años que llevo yendo al supermercado, nunca he vivido un contacto tan cálido.

Quizás con algo de soberbia, en el pasado pensaba que ya no hacía falta ir al mercado. Qué equivocada estaba. Es una experiencia estupenda y, además, me ayuda a sumar los pasos diarios que quiero dar, porque los puestos que necesito están algo alejados entre sí.

En un extremo del mercado hay una gran capilla. La llaman capilla, pero para mí tiene el porte de una iglesia. Cuando paso por delante, su pórtico me atrae a menudo, como si quisiera invitarme a entrar. De vez en cuando entro. Como esta mañana. Una señora entregada estaba arreglando las flores y, un poco más tarde, llevó un cubo a la sacristía. Supongo que había estado limpiando un poco. La capilla está impecable. Bien pintada, todo en buen estado y abundantemente decorada.
Me siento en la segunda fila, en la primera silla vista desde el pasillo central. Reina una calma agradable y serena. Entre la música suave de fondo, oigo una canción de hace mucho tiempo que, para mi propia sorpresa, todavía era capaz de cantar. Me alegró. Ahora no me acuerdo de cómo se llama.

Decido hacer mi sintonización matinal diaria en esta capilla antes de ir a llenar mis bolsas de la compra en el mercado semanal.
Me sintonizo, en silencio, cada vez más en contacto con mi esencia. En una sola línea. En un solo punto. Sostenida, amada, apoyada e inspirada. Surgió por sí solo. Como si la energía de la capilla se alegrara de que la aprovechara. Igual que me alegraba yo.

Al cabo de un rato, se cerró el círculo. Al salir, me sentía cargada como una batería recién estrenada. Va a ser un buen día, me pasó como un rayo por la cabeza. ¿Y si viniera aquí alguna mañana más para sintonizarme? Mi corazón asintió.

Con paso ligero, me dirigí a mi primer puesto. Compré siete ramos de flores por € 12. Para alegrar mi casa, igual que yo me había alegrado en la capilla. Ahora, rumbo al puesto de verduras. «¿Qué te pongo, guapa?» Qué pregunta tan bonita.

A primera vista, este escrito trata sobre todo del mercado, pero mi mensaje va también de otra cosa. ¿Qué es lo primero que haces tú por la mañana? ¿Te tomas tiempo por la mañana para sintonizarte? ¿Sintonizarte? ¿Qué es eso? ¿Cómo se hace? ¿Para qué sirve? Y, sobre todo, ¿con qué te sintonizas? ¿Podría convertirse para ti en un hábito diario, igual que lavarte los dientes?

En la capilla me sintonicé con un campo que me recarga para el día. Un campo en el que soy consciente de quién soy. Un campo desde el que resulta más fácil soltar los elementos perturbadores de mi vida. Un campo en el que me lleno de alegría y de gozo por la vida, en general, y por mi existencia, en particular. En ese campo, mi corazón se abre a las posibilidades que la vida me ofrece. En él me sano y me elevo. Recarga mis baterías sin gastar electricidad. ¿Hace falta ir a una capilla para eso? Por supuesto que no. El campo es omnipresente y, por lo tanto, está disponible en todas partes.

En todas las actividades que organizo, sean para quien sean, trabajo desde este campo. Una y otra vez tengo el privilegio de ser testigo del crecimiento y la alegría, y también de las luchas, que viven mis alumnos. Las luchas solo aparecen cuando te resistes a la energía vital, al crecimiento y a la alegría. Desaparecen cuando te sintonizas con el campo del ser-consciente.

Las actividades previstas giran en torno a la sintonización, tan necesaria en tiempos en los que la turbulencia es el tema principal de las noticias. Es una invitación, para ti, querido lector, a formar parte del grupo creciente de personas que despiertan en el campo del ser-consciente.

Te recibo con los brazos abiertos en alguna de las actividades de otoño.

Photo by Manasvita S / Unsplash
Foto de Manasvita S / Unsplash

Con un saludo lleno de vida
Hilde Van Bulck

SintoníaPensamiento positivoActitud positivaConscienciaSencillez
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