Para empezar, quiero dar las gracias. La señora Evi Geysels fue invitada el 5 de septiembre al nuevo programa de entrevistas Vandaag, de Danira Boukrhriss, en Eén. Acudió para dar testimonio de la agresividad que los docentes viven casi a diario en el aula. Se ha convertido en una cuestión de supervivencia. Fue muy valiente por parte de la señora Geysels hablar sin rodeos de lo que ella y otros docentes viven. Y también necesario. No todo el mundo se atrevería. Aun así, ella lanza una señal. Que no sea la única en hablar. Que otros sigan su ejemplo. ¡Me too! No para quejarse, sino para dar una señal clara a la sociedad y a los responsables políticos. Y para buscar soluciones y ponerlas en práctica. ¡Y las hay!

Yo misma he sido maestra, coordinadora y directora. He visto la agresividad y los actos de sabotaje a todos los niveles, y a veces también los he vivido en carne propia. No hace falta que haya peleas para que te derrumbes, porque las palabras cortan el alma como un cuchillo. Se quedan contigo. Dejan cicatrices que a veces cuesta curar. La agresión verbal, el desprecio y la humillación te cortan la respiración. Te tocan en lo que eres. Como si no fueras lo bastante buena. Con el tiempo, tienes que esforzarte para no creértelo tú misma. Esa misma noche, en el programa, unos futbolistas hablaron de los comentarios racistas que reciben. Es lo mismo. Te atacan en un plano en el que no puedes defenderte. Se ha convertido en el pan de cada día. O quizá siempre ha sido así, pero ahora vemos muchos más ejemplos gracias a las redes sociales.
Es evidente —aunque en esencia seas un buen docente— que tu resiliencia disminuye cuando te acosan con agresividad de forma habitual. Tus músculos se tensan, tu respiración se vuelve superficial, estás en guardia y reaccionas con menos espontaneidad. Duermes peor y tu estado de ánimo se resiente, incluso cuando intentas mantenerte firme. Con el tiempo, los dardos de la agresión verbal tienen un profundo impacto en tu salud y en tu vida personal. Y eso no beneficia ni a la enseñanza ni a los alumnos.
Así que tiene que cambiar, y puede cambiar. Los centros educativos tendrán que dar un giro para cambiar el rumbo, pero no es un asunto solo de la escuela. Es un asunto social que nos implica a todos y del que todos salimos ganando si algo cambia.
¿Por qué cada vez más jóvenes parecen elegir el camino de la agresión verbal, el desprecio y la humillación? En realidad, es sencillo. Alguien que se siente bien en su piel no tiende a atacar y derribar a los demás. Alguien que está contento consigo mismo desea lo mismo para los demás.
Los niños y los jóvenes traen la sociedad consigo al cruzar la puerta de la escuela. Son espejos. Espejos grandes, incluso. Y lo que hacen es reflejar. Ni más ni menos. Cualquier madre o padre conoce el fenómeno. Si por la noche llegas a casa cansado y agotado, es más probable que tus hijos se porten mal. Si te ven en forma y lleno de energía, y notan que eres una persona satisfecha, es más probable que ellos empiecen a comportarse así.
Simplemente mira a tu alrededor. ¿Qué ves? ¿Cuántas personas han perdido el contacto consigo mismas? ¿Cuántas personas se sienten separadas, están enfermas, sufren un burnout, una depresión? ¡Mira más allá! ¿Qué ves? Vemos por todas partes medios de comunicación que generan miedo e inseguridad: noticias sobre terrorismo, atentados, guerras, crisis financieras, chanchullos en las empresas, con nuestra alimentación, en el sector sanitario, ejemplos de intolerancia, pobreza, estancamiento político y un clima echado a perder. ¡Mira todavía más allá! ¿Qué ves? Grandes líderes que hacen la guerra sin pestañear, que mantienen un sistema corrupto, amenaza nuclear y competencia en el espacio. Famosos y religiosos que abusan de otros. ¡Mira aún más allá! ¿Qué ves? Una industria del entretenimiento que produce en cadena películas repletas de violencia y de falta de respeto por la vida. ¿Acaso el mundo no es así? Pues sí. En parte. Pero la otra parte también existe. La parte en la que las personas buscan conexión, soluciones para problemas pequeños y mundiales, en la que colaboran y disfrutan juntas. Personas que sienten un gran respeto por la vida, la naturaleza y el prójimo. Todo esto también existe a gran escala, pero apenas lo vemos reflejado en las noticias. Lo que nos muestran del mundo está muy desequilibrado.
¿Qué provoca esto en el sistema nervioso y en el ánimo de una persona? ¿En su sensación de seguridad, en su confianza en sí misma y en su autoestima? Se hunden por completo. Vuelven los mismos síntomas: los músculos se tensan, la respiración se entrecorta, etc… Por dentro, la persona grita. ¿Seguiré teniendo trabajo? ¿Tendré suficiente dinero? ¿Seguiré teniendo salud? ¿Y si estalla una guerra? Esos gritos interiores de inseguridad y miedo los captan los niños y los jóvenes. No saben expresar con palabras lo que está pasando, pero lo muestran en su agresividad, en su lenguaje humillante y lleno de reproches. Reflejan el desequilibrio en distintos niveles: con sus reacciones agresivas nos dicen que no se sienten bien en su piel (1) y gritan su desesperación ante el desequilibrio que ven en los adultos (2), precisamente de quienes esperan y necesitan seguridad para poder desarrollarse. Además, señalan a gran escala que existe un desequilibrio a un nivel mayor: la falta de respeto por la vida y la justicia, y de cuidado del prójimo en la sociedad (3), a pesar de los esfuerzos de muchas personas por aportar su granito de arena. A gran escala, hemos perdido la conexión con nosotros mismos, con el prójimo, con la naturaleza y con la vida. Y resulta que son precisamente estas cosas las que nos hacen sentir bien. Dirigimos nuestra atención hacia fuera en lugar de hacia dentro.
Lo que hace la señora Geysels al dejar de dar clase durante unos meses es dirigir la mirada hacia dentro. Es un buen movimiento. Un movimiento desde el que pueden surgir nuevas comprensiones y un nuevo enfoque. Más de lo mismo, con represión y castigos, no es lo que realmente necesitamos. El respeto por nosotros mismos y por quienes somos es fundamental. La respuesta la encontramos en nuestro interior.
La señora Geysels tiene razón. El docente debería estar en el centro. Normalmente se pone al alumno en primer lugar, y ese no es el lugar que le corresponde. En una escuela hace falta prestar atención al docente. Con urgencia. ¿Por qué? Los docentes son el capital de una escuela. Su motivación, sus conocimientos y sus ganas de trabajar con niños y jóvenes crecen cuando se les cuida bien. ¿Qué necesitan los docentes para poder hacer bien su trabajo? Es una pregunta que se puede plantear en cada escuela. La respuesta puede variar de una escuela a otra, pero sin duda tiene que ver con poder desarrollarse como persona, sentirse seguro, visto y escuchado en la escuela, y tener espacio para enseñar de verdad. El arraigo del docente en sí mismo. Es una asignatura que no existe en la formación del profesorado. Y, sin embargo, es fundamental. Lo mismo vale para el alumno. ¿En qué asignatura aprende el alumno a conectar consigo mismo, salvo en algunas iniciativas aisladas?
Cuando los docentes saben cómo estar en un contacto profundo consigo mismos, y además lo hacen junto con sus compañeros, el docente adquiere otra fuerza. Una respiración fluida, estar presente en el momento, utilizar tu cuerpo como instrumento de percepción, enseñar desde el corazón y tomar conciencia del impacto de las proyecciones y los reflejos son algunos aspectos de un arraigo profundo que pueden apoyar a docentes y alumnos en el proceso de vivir y aprender. Te sorprendería lo rápido que los alumnos se suman a esto. Eso tiene que ver sobre todo con una imagen de uno mismo que se vuelve más positiva y con una autoestima que se fortalece, de modo que uno ya no está dispuesto a hacer cosas que sean dañinas para sí mismo y, por tanto, tampoco para el otro. Y con la sensación, nada desdeñable, de que muchas cosas se pueden resolver desde dentro. Entonces ya no hace falta sobrevivir en el aula, porque aprendes a vivir desde una presencia consciente. Más ganas de vivir y más ganas de aprender son la consecuencia. Algunos descartarán rápidamente estos ingredientes para un mejor clima en el aula, pero funcionan. Todo docente merece formarse en esto.
No es un asunto solo de la escuela. ¿Quién apoya a los padres en este proceso? ¿Dónde aprenden ellos a arraigarse firmemente en la vida y en su disposición a vivir? ¿Preguntas irrelevantes? Parece que no. En las constelaciones educativas vemos que los alumnos entran en pánico cuando uno de sus padres no tiene suficiente disposición a vivir o cuando los docentes ya no pueden más. Eso se traduce en el comportamiento en el aula. Un comportamiento introvertido, el acoso o la rebeldía contra el sistema pueden ser algunas de sus consecuencias. ¿Por qué ocurre esto? Todos tenemos un profundo anhelo de respeto por la vida y por su despliegue en nosotros mismos. Es nuestro propósito vital, y hacemos mucho por él.
Las constelaciones educativas son un método que ofrece una comprensión profunda del trasfondo de lo que no funciona en el aula. Es un método que aclara las posiciones y las motivaciones de cada uno de un modo que respeta la autoestima de cada participante. Las respuestas sorprenden. Son distintas de las respuestas que nos habíamos formulado nosotros mismos. En una constelación educativa vemos por lo general que el comportamiento de los alumnos agresivos denuncia una situación que los adultos no ven. Por eso las constelaciones tienden a desactivar emocionalmente una situación (perdón por el término bélico), de modo que las personas implicadas recuperan la calma y pueden volver a seguir adelante juntas. Por desgracia, la mayoría de las escuelas todavía no conocen este método. Junto con aprender a estar presente en ti mismo, las constelaciones son una herramienta imprescindible para situaciones como las que planteó la señora Geysels. Un apoyo para docentes, alumnos, padres y, sin olvidarlo, para la dirección y la política educativa.
Hilde Van Bulck
Autora de De eigenwijze kikker — Het geheim van lesgeven en opvoeden.
Facilitadora de constelaciones sistémicas en educación


