Zona de confort: la autopista hacia ninguna parte
Era un día soleado de primavera, hace muchos años. Había llevado a alguien a la estación y decidí disfrutar un rato más del ambiente de la ciudad. Paseaba por una de las grandes calles comerciales cuando vi a un hombre sentado en la acera con un cartel de cartón que decía: «Tengo hambre». Normalmente habría pasado de largo o le habría dado algo de dinero, pero desde luego no me habría puesto a charlar con él. Aquel día me detuve y le pregunté si de verdad tenía hambre. Una pregunta que en realidad no necesitaba confirmación. Luego me oí a mí misma preguntándole si quería ir a comer conmigo. Me miró sorprendido, asintió, se levantó con esfuerzo y me siguió hasta un pequeño restaurante un poco más allá. Era un local sencillo y le invité a pedir lo que quisiera y pudiera comer. No tenía que pensar en nada. Disfrutó de lo que había pedido y me contó la historia de su vida de una manera tranquila y agradable. Yo le escuché con atención. Contó su historia de un modo que no buscaba despertar compasión y que no me implicaba en nada. Después del postre me sentía bien y nos despedimos con cordialidad. No hizo el menor intento de pedirme la dirección o el número de teléfono, pero me dio las gracias sinceramente por la comida. De camino a casa aterricé en otro universo. Caminaba sobre las nubes, me sentía ligera y dichosa. Había hecho algo que nunca antes había hecho y que tampoco había tenido nunca intención de hacer, y me había abierto el corazón.
De nuevo, hace años. Yo era deportista, pero no me gustaba escalar, ni las alturas, ni las profundidades, ni ninguna otra forma de peligro. Unos amigos que eran espeleólogos aficionados nos habían invitado a mi marido y a mí a hacer espeleología. Era diciembre y llevaba semanas lloviendo. En Francia, un equipo experimentado se había quedado atrapado por la crecida del agua. Cuando llegamos a la cueva, resultó que los caminos habituales eran impracticables porque estaban inundados. El agua que normalmente corría tranquila por la cueva había pasado de ser una corriente serena a un torrente furioso. Todo mi cuerpo gritaba: «Yo no voy». Demasiado peligroso. Tras hablarlo con el grupo, se decidió no bajar a la cueva por las escaleras habituales, sino con cuerdas por la roca donde el agua caía con fuerza. Yo estaba dispuesta a esperar horas en el coche y me temía lo peor. Mis amigos me tranquilizaron diciendo que el guía, con mucha experiencia, sabía lo que hacía. En la cara de mi marido leí la alegría ante la perspectiva de tanta aventura. Con el corazón en un puño, cedí y emprendí una travesía subterránea caminando, escalando y deslizándonos, en la que teníamos que buscar pasos alternativos. Tenía los músculos tensos de tanto estar alerta. Mis piernas resultaron ser bastante más cortas que las de los demás, de modo que sus ánimos de «simplemente pon el pie aquí» eran imposibles por la distancia. Era peligroso y resbaladizo, eso sí puedo decirlo. Además, también el guía se perdió. Nos dejó en una cornisa para volver a orientarse y regresaría en cuanto hubiera encontrado el camino. En aquella cornisa me perseguían las imágenes de los espeleólogos franceses que habían quedado atrapados por la crecida del agua. Mi marido y yo tuvimos una de nuestras raras discusiones. Es decir, la discusión era mía, porque él disfrutaba a lo grande de toda la aventura. Al cabo de un rato, el guía vino a buscarnos para seguir adelante. Mientras tanto, sentí cómo la resistencia en mi cuerpo, en mis pensamientos y en mis emociones se iba disipando. Justo cuando sentí que me iba a rendir, resultó que la última escalada era el paso hacia la salida. Después de una ducha más que necesaria, nos esperaban en una celebración de Navidad en la iglesia. Nunca en mi vida había sentido mi cuerpo tan presente como entonces. Sentía que llenaba toda la iglesia y que estaba tan anclada en la vida que nada podía perturbarme. Tenía las mejillas encendidas, la sangre me corría por las venas y era feliz.
Dos veces había ido más allá de la zona de confort que conocía. Dos veces había sentido la vida fluir a través de mí en forma de confianza, euforia, alegría y una sensación de victoria.

En las formaciones que imparto sobre conciencia energética y sobre vivir tu vida desde dentro, me gusta proponer un ejercicio que todavía hoy me sorprende. Formo un círculo de sillas tan grande como la sala, con los asientos mirando hacia el centro. Invito a los participantes a entrar en el círculo. Pongo una música de baile animada y les pido que bailen siguiendo esta consigna: no bailes en el sitio, sino muévete siempre hacia el mayor espacio libre del círculo. Es decir, vas al lugar donde no hay nadie, y así sucesivamente. Estás en movimiento continuamente. La idea es que aprendas a ocupar tu propio lugar y a cambiar de sitio cuando haga falta. Es muy bonito ver lo que ocurre. Algunos no ven espacio, otros corren hacia él o lo pierden porque otra persona ya ha ocupado el sitio. En algunos se ve cómo la energía recibe un impulso. Mientras tanto, voy haciendo el círculo cada vez más pequeño, de modo que tienen cada vez menos espacio para encontrar los huecos libres. Algunos se rinden, otros siguen encontrando huecos. Pero ahora viene lo interesante. Después de todos estos años, todavía me sorprende. Al cabo de un rato, el círculo se vuelve tan pequeño que apenas pueden moverse. Entonces bailo con ellos, pero por fuera del círculo. Casi nadie se sale del círculo. A veces alguien baila sobre una silla. Muy de vez en cuando alguien pregunta si puede bailar fuera del círculo. Entonces repito la consigna y se quedan obedientemente dentro del círculo. Un participante valiente ignora la consigna y baila fuera del círculo. Los demás no le siguen. Esto no deja de sorprenderme. Por muy incómoda que se haya vuelto su situación tras un círculo inicialmente cómodo, los participantes deciden seguir moviéndose en esa situación incómoda. Mientras tanto, miran con cara de interrogación a quien baila fuera del borde del círculo.

Es un ejercicio, pero también es un bonito espejo de un fenómeno que quizá se esté dando en ti. O quizá conozcas a alguien que lucha con ello: la famosa zona de confort. Ese lugar que conoces tan bien, donde te sientes a salvo, donde las cosas que haces no son difíciles y puedes hacerlas sin pensar. No te cuestan esfuerzo y tu resistencia es nula. Es la zona en la que estás tumbado a lo largo en el sofá viendo una serie tras otra, en la que sigues en pijama hasta casi la hora de volver a acostarte, en la que tomas una y otra vez el mismo camino, en la que planificas cosas y luego las aplazas, en la que pones el despertador varias veces antes de levantarte. Sabes que deberías ordenar esa habitación, o que deberías coger la bici en lugar del coche, o que deberías dejar esa bolsa de patatas fritas y comer algo sano. Pero siempre dices «luego o mañana». No eres capaz de cumplir la promesa que te haces a ti mismo. Vives en tu propio mundo. Una especie de burbuja, una jaula. Tu mundo se hace más pequeño. Ya no sales de ahí. Ya no te atreves a salir. Tu zona de confort se ha vuelto muy incómoda. Si te quedas en ella, fracasas al cien por cien. Es un hecho.
Tu zona de confort no es en absoluto capaz de decirte lo que es bueno para ti, lo que no lo es, qué actividades puedes asumir y cuáles no, o qué actividades es mejor que evites. A esta zona solo le interesa mantenerte dentro del círculo. Es como reservar unas vacaciones de no hacer nada. Descansas mucho, te quedas junto a la piscina y al cabo de un tiempo te da pereza salir de excursión o moverte. Estás atrapado en una jaula que te limita. No es aquí donde empiezas a hacer realidad tus sueños. Al contrario, sientes cómo tu energía vital se apaga. Te destroza.

¿Tienes miedo? ¡Estupendo!

Lo que te frena es el miedo, la inseguridad. Esa vocecita en tu cabeza que te dice que podrías perder tu trabajo, que te quedarás sin ingresos y que un nuevo amor solo te hará daño, o un dedo educador levantado desde tu infancia que dice que ciertas cosas no están bien.
Lo que te frena es tu actitud. Eso y nada más. Cuando quieres dar un paso, chocas con tu falta de confianza, con tu sensación de no valer lo suficiente, con tu convicción de que equivocarse es lo mismo que fracasar. Quizá incluso te sientas culpable o egoísta cuando empiezas a defenderte y quieres ampliar tu mundo. Enseguida aparecen guardianes dispuestos a decirte que lo que tienes pensado no es buena idea. Los hay de todas las formas y tamaños, a cuál más aterrador. Una vez más, te dejas influir por la opinión de los demás. Todo son trampas, ilusiones, burbujas en tu cabeza que intentan frenarte. Crees que son una verdad externa. No lo son. Son internas. Y es una buena noticia, porque puedes cambiarlo.
¿Tienes miedo? ¡Estupendo! No intentes combatir el miedo. No intentes librarte de él. Acéptalo y actúa. Cuando miras el miedo de frente, experimentas automáticamente el crecimiento que buscas. Lo desconocido te espera. Tienes que atravesarlo.
¿Qué es lo que no vas a hacer? Eres mucho más fuerte de lo que crees. Tus sueños te esperan fuera de tu zona de confort. Necesitas valor para dar el primer paso. Tienes que empujarte a ti mismo para perseguir tu pasión. Mostrar valor es contar la historia de quién eres con todo tu ser y todo tu corazón.

Elige el valor antes que la comodidad
Puedes empezar con pequeños pasos que amplíen un poco tu zona de confort, para ir ganando confianza. Haz que los pasos sean cada vez más grandes. Pueden ser desafiantes. Cuanto más te aventures más allá de los límites de tu zona de confort, más resistencia sentirás, igual que yo en aquella cueva. Lo notarás. Cuesta esfuerzo, quizá algo de preparación, te hace sudar, puede que te falte el aliento, quieres rendirte, pero no lo haces. Sigues adelante y aprendes con cada paso.
La constancia es la clave. Cuando por fin ordenas tu casa y te deshaces de lo que te sobra, sientes espacio. Tras dos semanas corriendo, tu energía aumenta, estás menos cansado, eres más feliz y tu forma de ver la vida empieza a cambiar. Cuando por fin empiezas el proyecto de tus sueños, las ideas empiezan a fluir, aparecen en tu camino personas con las que colaborar, surgen nuevas oportunidades y ya no te apetece quedarte en la cama. Tu pasión despierta con cada paso que das. Es como si le dieras una mejora a quien eres. Ya no es una carga, sino un juego con nuevas reglas. Empiezas a vivir tu vida según tus condiciones en lugar de escuchar las condiciones de los demás. Donde antes no tenías control, empiezas a experimentar control en tu vida sin que nadie te controle.
La incomodidad que tanto temías resulta no ser tan terrible como pensabas. No era un obstáculo real, solo un fantasma en tu cabeza. Atraviesas una zona de aprendizaje con mucha motivación, donde los retos se reciben con los brazos abiertos, donde equivocarse significa aprender, donde adquieres nuevas habilidades.

Añade «extra» a lo ordinario y serás «extraordinario».
El camino hacia tu éxito o tu bienestar no es un camino de rosas. Implica cierta incomodidad. Tendrás que aprender a sentirte cómodo en situaciones incómodas. Un camino lleno de retos, rodeos, paradas y trampas no significa que fracases, sino que aprendes. Amplías tu experiencia vital y profesional. El proceso de aprendizaje te lleva al bienestar y al éxito.
En tu zona de confort acabas perdiendo tu energía y te sientes una persona ordinaria. Así es como te percibes. Todos los demás tienen éxito y yo no. Te sientes incapaz. Nada más lejos de la realidad. Estás lleno de talentos y dones únicos. Tus capacidades esperan a ser expresadas. Pero tú decides. Tienes decisiones que tomar. ¿Hasta qué punto estás dispuesto a tomar decisiones? ¿A dar pasos? ¿A probar algo nuevo? Añade «extra» a «ordinario» y te convertirás en aquello en lo que crees: «extraordinario». Tus habilidades extraordinarias contribuyen a tu alegría, pero también a la alegría de los demás, porque tu alegría interior se irradia a las personas que te rodean. Empieza a actuar y persevera.

Florecer empieza donde termina la comodidad.
Una vez que has salido de tu antigua zona de confort, no quieres volver nunca. De vez en cuando miras por encima del hombro para ver lo lejos que has llegado, pero no vuelves atrás. Simplemente te das cuenta de que has recorrido un largo camino y de que por el camino has alcanzado metas. Quizá tu proyecto aún no esté terminado, o podrías recorrer ese kilómetro de más. Es cierto, pero con cada paso del camino valorarás lo que has logrado hasta ahora. Tu orgullo te da energía extra para seguir adelante. Tu nuevo estilo de vida empieza a desplegarse. Empiezas a vivir la vida que querías vivir. Se siente natural y cómodo. ¿Por qué no saliste antes de tu zona de confort?

Todas las grandes cosas ocurren fuera de tu zona de confort.
En tu zona de crecimiento floreces. Te resulta natural hacer realidad tus sueños, fijarte nuevas metas y alcanzarlas. Ya no temes los obstáculos. Sabes que te desafiarán en nuevas direcciones que aportan calidad a tu vida. Te has convertido en una inspiración para ti mismo y para los demás.

Algún día o el día uno. ¡Tú decides!
¿Mañana? ¿Hoy? ¿Qué eliges tú? Hagamos un pequeño ejercicio para experimentar los distintos sistemas de la zona de confort. Necesitas cuatro cintas, pósits, un cuaderno y un bolígrafo. Cada cinta es más larga que la anterior.
Intención para el ejercicio
Tómate un momento para entrar en silencio.
Formula tu intención: quiero estar más abierto a probar cosas nuevas.
Preparación del ejercicio
Con la cinta más corta, forma un círculo en el suelo. Hazlo lo justo de grande para poder estar de pie dentro.
Con una cuerda más larga, forma un segundo círculo alrededor del primero. Debe ser lo bastante grande como para poder estar de pie dentro.
Continúa de la misma manera con la tercera y la cuarta cinta.
El círculo más pequeño es tu zona de confort conocida. Coge tus pósits y escribe diez cosas con las que te sientes muy cómodo y que pertenecen a esta zona. En cada pósit va una sola cosa. Pégalos en tu zona de confort.
La segunda zona es tu zona de miedo. Escribe diez miedos en tus pósits y pégalos en el círculo.
La tercera zona es tu zona de aprendizaje. Escribe diez nuevas ideas que quieras poner a prueba: p. ej., aprender nuevas habilidades, equivocarse es aprender, motivación, utilizar recursos adicionales, pedir ayuda a otra persona, nuevas ideas.
La cuarta zona es tu zona de crecimiento. Es la zona en la que haces realidad tus sueños, encuentras nuevas metas, adoptas un nuevo estilo de vida. Escribe diez metas sobre cómo quieres que sea tu vida. Aunque ahora pienses que son imposibles de alcanzar. Colócalas en tu círculo. Ya estás listo para el ejercicio.
Ejercicio: entrenar tu consciencia
¿Acabas de leer la preparación o te has preparado de verdad? Lo primero es la zona de confort que te destroza. Seguir cómodo, pero atascado. Lo segundo es tu primer paso para salir de ella. Libérate.
Para hacer este ejercicio necesitas tu cuerpo y tu consciencia emocional.
· Zona de confort: entra en el primer círculo. Cierra los ojos. Tómate tu tiempo. Observa lo que ocurre en tu cuerpo y en tus emociones. ¿Qué experimentas? ¿Estás firme o inestable? ¿Puedes respirar con facilidad? ¿Cuál es tu sensación general? ¿Sientes dolor en algún sitio? ¿Qué emociones surgen? ¿Te sientes bien? ¿Tenso? ¿Contento? ¿Estresado? ¿Qué o quién me mantiene a salvo aquí? ¿Qué rutinas me sirven bien aquí y cuáles me frenan? Simplemente observa todo lo que surja. No intentes cambiar nada.
Al cabo de unos minutos, sal de la primera zona y sacude los brazos, las piernas y el cuerpo. Entra en la segunda zona y haz lo mismo. Y en la tercera y en la cuarta.
· Zona de miedo: ¿qué creencia subyacente podría estar alimentando mi miedo? ¿Este miedo me protege o me limita? ¿Es una amenaza real o una amenaza imaginaria?
· Zona de aprendizaje: ¿qué habilidades o hábitos concretos podría desarrollar para salvar la distancia entre mi comodidad y mi crecimiento?
· Zona de crecimiento: ¿qué valores esenciales representan estas metas o sueños? ¿Qué pequeño paso podría dar ahora para acercarme a ellos?
Después de cada ronda o después de los cuatro círculos
Tómate unos minutos para escribir o reflexionar. ¿Qué has notado en ti en cada zona? ¿Han surgido ideas o sorpresas? ¿Cuál es la diferencia entre las cuatro zonas? Puede que tomar conciencia de algunas de ellas sea todo un reto. Simplemente respira y acepta lo que ocurra. Pasar de una zona a otra puede dar miedo. En cada zona, tú y tu cuerpo aprendéis lo que es importante para ti. En la cuarta zona te sentirás más libre. Tendrás un anticipo de cómo podría ser tu vida si salieras de tu limitada zona de confort.
Un paso hacia el futuro
Cuando hayas terminado el último círculo, elige una meta o un sueño en el que centrarte este mes. Después, escribe una acción inmediata que puedas llevar a cabo para avanzar. Que sea pequeña, sencilla y factible. P. ej., llamar a un amigo para pedirle consejo, buscar un curso cerca de ti. Reserva cada mañana 30 minutos para trabajar en ello.
Conviértelo en un pequeño ritual
Repite este ejercicio cada semana o cada mes. Puedes volver a formar los círculos para ver tu progreso: qué miedos se han reducido, qué zonas de crecimiento han evolucionado con el tiempo.
Celebra las pequeñas victorias
Escribe una cosa de la que te sientas orgulloso, desde anotar tus miedos hasta entrar en una zona que te resulte extraña o desafiante. Reconocer tus victorias fortalece tu resiliencia y te anima a seguir explorando fuera de tu zona de confort.
Salta
Este ejercicio te anima, a través de la consciencia de tu cuerpo, a dar pasos en tu vida real. Descubrirás que tu miedo es una ilusión y, lo que es más importante, algo pasajero. Mucha suerte con este ejercicio. Disfruta derribando junto con otros esos muros de la zona de confort. ¡Arriésgate y salta!
Hilde Van Bulck
Awareness Architect, facilitadora de constelaciones sistémicas y asesora
Directora de Educación y Constelaciones en Constellators International


